domingo, 27 de febrero de 2005

Maldito sueldo

Es paradójico, pero es lo que tiene trabajar, y es el tener tu sueldo. Todavía no lo he cobrado, y no se que agujero tapar primero. Si algo tiene de bueno, no tener trabajo, y estar endeudado por varios sitios, es que de alguna forma, no te preocupas, pues sabes que no puedes hacer nada. Ahora en cambio, con un sueldo, aparecen mil y una cosas que necesitan urgentemente solventarse, amén de otras que te gustaría tener o hacer.

Supongo que esto es una de esas veces, en las que tienes que coger una hoja en blanco, y separar lo que urge y lo que no, lo que es necesario ahora mismo, y lo que podrías vivir sin él.

Por un lado, están las deudas: No podré escaparme de ellas, sin duda, así que tendré que hacerle frente ellas: Un préstamo, y el móvil.

Luego, las necesidades inmediatas: Terminar de sacarme el carné de conducir. Ir al dentista. Quizás a ir al gimnasio. ¿Clases particulares? Mejor no.

Lo qué molaría: Poner internete en casa. Una agenda electrónica (pda), pero de segunda mano (¡Bah! Mejor esperar), ayudar a mi hermano en pagar un coche, así lo podemos compartir, aunque supongo que saldré perdiendo. Puedo también pagar un dominio para mis proyectos en internete (algo así como www.escribiente.com). Comprar algo de ropa elegante, alguna chaqueta, camisas, y corbatas, ya que estamos. Incluso también podría dar parte del sueldo a mis padres, no solo se los debo de verdad, sino además para ayudar en casa.

Ahorrar: Es otra posibilidad, que permite soñar durante más tiempo. Nunca lo he hecho, y sería lo conveniente, para cuando lleguen las vacas flacas, o si en verano quisiera hacer el camino de Santiago, o dar una vuelta por Madrid. O comprar una buena cámara digital, o ahorrar mucho más, para cuando llegue el día, montar un negocio (¿cuento de la lechera quizás?)

Creo que lo mejor, sea repasar mi lista de propósitos de principios de año, y ver que puedo hacer (sin dinero, que serán varias). Pagar las deudas, y si me queda, intentar el práctico del carné de conducir, por cuarta vez.

Ahora que me acuerdo, creo que lo mejor será, poner en una hoja mi sueldo, y en lo que lo voy a gastar, y enseñarsela a mis padres. De esa forma, tengo quien me controle, y ellos se quedarán más tranquilos, y yo con ellos, por supuesto.

Y lo peor, es que mi sueldo es de poco más de 300 euros. ¡Dios, imaginación que tengo!

viernes, 25 de febrero de 2005

La princesa y el guisante


Había una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero con una verdadera princesa de sangre real. Viajó por todo el mundo buscando una, pero era muy difícil encontrarla, mucho más difícil de lo que había supuesto.
Las princesas abundaban, pero no era sencillo averiguar si eran de sangre real. Siempre acababa descubriendo en ellas algo que le demostraba que en realidad no lo eran, y el príncipe volvió a su país muy triste por no haber encontrado una verdadera princesa real.
Una noche, estando en su castillo, se desencadenó una terrible tormenta: llovía muchísimo, los relámpagos iluminaban el cielo y los truenos sonaban muy fuerte. De pronto, se oyó que alguien llamaba a la puerta:
-¡ Toc, toc!
La familia no entendía quién podía estar a la intemperie en semejante noche de tormenta y fueron a abrir la puerta.
-¿Quién es? - preguntó el padre del príncipe.
- Soy la princesa del reino de Safi - contestó una voz débil y cansada. - Me he perdido en la oscuridad y no sé regresar a donde estaba.
Le abrieron la puerta y se encontraron con una hermosa joven:
- Pero ¡Dios mío! ¡Qué aspecto tienes!
La lluvia chorreaba por sus ropas y cabellos. El agua salía de sus zapatos como si de una fuente se tratase. Tenía frío y tiritaba.
En el castillo le dieron ropa seca y la invitaron a cenar. Poco a poco entró en calor al lado de la chimenea.
La reina quería averiguar si la joven era una princesa de verdad.
"Ya sé lo que haré - pensó -. Colocaré un guisante debajo de los muchos edredones y colchones que hay en la cama para ver si lo nota. Si no se da cuenta no será una verdadera princesa. Así podremos demostrar su sensibilidad".
Al llegar la noche, la reina colocó un guisante bajo los colchones y después se fue a dormir.


La princesa y la cama


A la mañana siguiente, el príncipe preguntó:
-¿Qué tal has dormido, joven princesa?
- ¡Oh! Terriblemente mal - contestó -. No he dormido en toda la noche. No comprendo qué tenía la cama; Dios sabe lo que sería. Tengo el cuerpo lleno de cardenales. ¡Ha sido horrible!
- Entonces, ¡eres una verdadera princesa! Porque a pesar de los muchos colchones y edredones, has sentido la molestia del guisante. ¡Sólo una verdadera princesa podía ser tan sensible!
El príncipe se casó con ella porque estaba seguro de que era una verdadera princesa. Después de tanto tiempo, al final encontró lo que quería.

Andersen (Adaptación)

martes, 22 de febrero de 2005

Vicio inconfesable


De alguna forma, con cada línea escrita, acepto más la condición, de que nadie que me conozca, pueda leer estas cartas. Son demasiado personales, de tuyas y mías, y de nadie más. Y quiero dar un paso adelante, abrirme más, y contarte un vicio inconfesable.

Me encanta todo lo femenino, pero hasta un punto incomprensible. La ropa, por ejemplo, me deja ensimismado. Me fijo en los escaparates, viendo las chaquetas, los pañuelos, las bailarinas o la bufanda, pues es ahí, al fin al cabo, donde puedo mirar detenidamente sin tener que bajar la mirada, o quitarla rápidamente por miedo a ser descubierto. Me gusta las historias de mujeres, sus problemas, sus secretos, su cada día. Todo aquello que represente a la mujer, me encanta, lo hago mió.

Y sobre todo, su cuerpo. Me paso horas y horas, viendo fotografías de mujeres desnudas. No puedo evitarlo, no puedo parar. Siempre quiero más. Cuando empiezo, todo lo que está a mí alrededor pasa a un último plano, mientras que veo cientos de fotos sin parar, y las guardo para poder verlas luego. En su mayoría, son eróticas, solo es el cuerpo femenino desnudo. También las hay pornográficas, no te mentiré. Me asombra el bello cuerpo, sus reacciones, como se ve, si te fijas, las venas, o el tono de piel, o el cabello, o la cadera, la pelvis, o las manos, el pie, el pecho, el pezón, los lunares... Y así, siempre. Ahora que no tengo Internet en casa, no es un impedimento para parar. En el trabajo, aún sabiendo el riesgo que puedo correr, también lo hago. Y maldita sea, no puedo detenerme. Te juro por todo lo que quieras, que luego no hago nada, solo las miro detenidamente, y ya esta. No te he mentido antes, y no lo voy hacer ahora. Las veo, por curiosidad nada más, porque admiro, porque me gusta la mujer, más que nada en este mundo. Y seguiré haciendo, seguiré viendo fotos de mujeres desnudas, porque sencillamente, ni puedo evitarlo, ni quiero hacerlo.

Quizás soy un salido, o puede ser por el hecho de no haber tenido nunca a una mujer cerca, no besado nunca, o no haber tenido una amiga, no lo se, quizás posiblemente sea así, el producto de todo eso. Pero no intento justificarme, ni usarlo como excusa. En el fondo, no me avergüenzo, incluso me hace sentir orgulloso, de ver algo tan bello a mi alrededor, y de lo que muchos no se den cuenta, y pasen sin fijarse, sin notar los grandes tesoros de su alrededor, como si la farola, el buzón, la cabina, fuese de mismo oro, engarzado en diamantes y esmeraldas, y nadie se parase a verlo. Lo único malo, es que para mi es algo que me es inalcanzable, prohibido.


Cuadro de Maxfield Parrish, año 1926


Sigo visitando los escaparates, leyendo libros sobre y para mujeres, con sus intimidades, mirando furtivamente las chicas pasar, viendo miles de fotos de mujeres desnudas, pornográficas incluso, y no podré hacer nada contra ello. Se que todo esto me hace un pervertido, un salido, y un depravado, pero en mi intimidad, cuando nadie me ve, soy como soy, soy así. Y ahora, antes de acostarme, me quedaré mirando varios minutos a una misma fotografía, intentando aprenderme todas sus curvas, todos sus lunares, toda su vida. Mirándola hasta que me hable.

lunes, 21 de febrero de 2005

Detenida, paralizada


Te quiero pedir disculpas ante todo, por esta semana sin escribirte. Te podría decir, que ha sido por falta de tiempo, o que me ha sido materialmente imposible, pero sería mentira, y tú no te mereces eso. Estaba enfadado. Contigo. Con el mundo. Con la gente. No me acuerdo bien porque fue, o mejor dicho, prefiero no pensarlo, mejor olvidarlo ¿no crees? Supongo que fue un mareo que me dio, al abrirme tanto, un virus quizás, ¿falta de abrigo? No lo se, mejor no pensarlo.

Hoy sólo quería contarte una cosa, me he vuelto a enamorar, por desgracia. No, no es que no quiera amar, sino que mi amor, es imposible, sino estúpido. Me pasa cada vez que camino por la calle, normalmente de noche, y en la intimidad, en la soledad de las calles vacías, me paro delante de ella, y la miro. De arriba a abajo, sin perderme detalle. Una, dos, tres y mil veces más, no me importa, aunque la gente que pase piense mal, o me tome por loco, yo me quedo allí, ensimismado, perplejo, con la vista perdida, intentando imaginar como serían todo, si fuera diferente, en otro mundo, en otro contexto.

Cuando la miro, porque a ella, le encantan que la miren penetrantemente, por un momento se hace mía, completamente. Y de esa forma, le doto de vida. Se que en verdad, ella no siente nada por mí, y que no soy más que uno entre un millón. No sabe mi nombre, ni le importa. Pase lo que pase, nunca me dirá nada, y será igual de fiel conmigo, que con cualquier desconocido que pase por delante de ella. Supongo, que es un amor sin sentido y torpe, pero sin embargo, no puedo renunciar a ella.

Hoy, como muchos otros días, me detengo delante de los escaparates, y vuelvo a ver a aquel maniquí de mujer, me enamoré de su pie, de sus manos, de su cara. De su calzado, pantalón, blusa y chaqueta. Yo, todavía me enamoro de esas cosas, me enamoro del maldito maniquí de Zara.


Inerte belleza

martes, 15 de febrero de 2005

Preocupación

Hoy quiero compartir contigo una preocupación que me ha asaltado todo el día. Poco a poco, ya ves, me siento más cómodo escribiéndote las cartas, y no me importa sincerarme más contigo.

Ayer te comentaba, que acababa de conseguir un trabajo por las mañanas, no te hable mucho de él, porque es algo complicado de explicar, y porque te aburriría contándotelo. Lo que si puedo decirte, es que es una mezcla de administrativo y secretario, que será durante una época, que es solitario, (sólo somos dos en la empresa, creo) y poco más. Me gustaría aprender en él, que me sirva de alguna forma de trampolín, y estoy ilusionado con ello, conozco (aunque sólo de paso) a personas a las cuales me gustaría pertenecer de mayor, sin darme cuenta, que ya soy mayor.

Sin embargo, mis palabras hoy, son de tristeza y desanimo. Por un lado, me da miedo a que me engañen y se aprovechen de mí. Confío completamente de mi jefe, te lo aseguro, pero otras veces, esa misma confianza la han roto otros. Quiero que esto no pase, pero tampoco lo quería antes, cuando sucedió. Quiero trabajar, partirme en dos haciéndolo, ¿pero valdrá la pena? El problema no está en los demás, sino en mi interior, aunque la experiencia me dice, que poco a poco me iré acostumbrándome, hasta adaptarme.

Permíteme abrirme un poco más a ti hoy. Cuando te he hablado, de mi antiguo trabajo, lejos de casa, nunca te dije en que consistía. Era soldado profesional, militar. Siempre me ha gustado el ejército, y me decidí por él, cuando no podía más con los estudios, y la situación familiar estaba más que tirante. Escogí un destino en la península, sin dudarlo, pues para mí, siempre ha sido tierra de libertad, en donde podría ser yo mismo, libre económicamente por mi trabajo, y siempre creyendo que mi carácter es más afín allí. Quizás no sean del todo ciertas las esperanzas aquí puestas, pero es lo que creía, y sigo pensando aún hoy. Pero el hecho es que terminé volviendo. Las razones, fueron equivocadas todas, pero ahora, déjame, te lo ruego, no me preguntes por ellas.

Desde esa ocasión, siempre he pensado en volver, quizás ahora con más experiencia, para poder escoger, para decidir. Para tener todo aquello que ahora no tengo, para salir de las cuatro paredes que es ahora mí vida, las cuatro paredes de mí casa.

Ahora con el trabajo, creo que estoy aún más lejos de atreverme a dar ese paso. Se que mi trabajo no me ayudará a salir del hoyo donde estoy metido, e incluso será un motivo más, para que no estudie, ¡Pero necesito trabajar! Lo necesito por el dinero, por el ánimo, y como persona.



Te preguntas que es lo que quiero; a eso no debería contestarte. Te quiero a ti. Me importa un bledo todo lo demás. Te quiero a ti, te quiero acariciar, llorar encima tuya, quedarme hasta las tantas en la calle apoyando mi cabeza sobre tu regazo, fundirme en un abrazo, en un beso. Si te tuviera, no comería, no dormiría, no haría nada. Te quiero más de lo que cualquier persona te haya amado jamás, pero no te lo crees. No va conmigo, dices. Será eso. Quizás sea mejor así, al fin al cabo, tú serás el motivo de mi destrucción. Tontería más grande, sin ti, todo esto es una mierda, contigo, todo lo demás lo será, y nada me importará, y cuando me dejes...

Hoy estoy cansando; desilusionado; enfadado; defraudado; frustrado; engañado, me importa un bledo todo. Quiero pegarte, descargar mi ira, olvidarme de todo.

Hoy no quiero nada. Hoy no quiero continuar escribiendo.

Hoy trabajo

No te lo vas a creer. Mañana martes, empiezo a trabajar en una oficina, así, de buenas a primeras, pero antes, vayamos por partes.


La fiesta del sábado, fue bastante interesante. Me sentí durante unos instante el protagonista de Eyes wide shut, la película. Y me explicaré. Todo trascurrió en una casa vieja, casi vacía. En ella habrían invitadas unas 60 personas, todas disfrazadas, desconocidas totalmente para mi, todos de entre 27 a 35 años. Gente, que una vez que entraban, me veían a mi, en la puerta disfrazado de ganster, bueno, con una camisa blanca, chaleco, corbata y bombín (ojo, bombín auténtico), recogiendo las invitaciones y más tarde, apareciendo de vez en cuando, para servir copas, o recoger vasos que dejaban por ahí tirados (en vez de llevarlos a la barra, maleducados). El caso, es que el organizador me propuso un plan maquiavélico, me dio una impresionante mascara veneciana que me cubría toda la cara, y una gran capa con capucha, de forma que me tapaba todo, y era irreconocible. De esa forma, me pasee durante 10 minutos entre los invitados, como uno más, sin decir ni pío. De vez en cuando, él me decía el nombre de alguna chica, y yo, me acercaba tenebrosamente (con las luces de flash de discoteca de fondo) y susurraba su nombre. Impresionante. Obviamente, nadie sabía quien era, y todos hacían cábalas, preguntándose quien pudiera ser. Al principio, pensaban que era el que lo organizaba, pero al verle a él bailando, se quedaban atónitos, con la duda de quien era el ser misterioso.


Juego de mascaras venecianas


En serio, recorrer el salón, totalmente disfrazado, sin poder ser reconocido, sin hablar con nadie, y ellos mirándome los ojos, para intentar poder reconocerme, fue inexplicable, a la vez me sentía por encima de todos ellos, y a la vez, igual. Hacía mucho, tanto que no recuerdo si hubo una vez, la última vez que una chica me miraba a los ojos, intentando ver quien soy.

El resto de la fiesta, estuvo bien. Sin lugar a dudas, me servio para aprender bastante cuestiones y formas de ser de las personas. Muchas de ellas, para algún día, ponerlas en práctica, y otras, para evitarlas. Porque es así, cuando ves las cosas desde el otro punto de vista, te das cuenta de detalles de las que antes no te habrías detenido a pensar.

Un detalle escatológico. Sobre pedir con educación, dar las gracias al personal que está trabajando, y todo eso, es más que evidente que es obligatorio (no todos lo hacen), pero hacedlo con una sonrisa, por dios, con sinceridad. La copa, cuando acabéis con ella, queda como un señor (o señora) y ponla en la barra, a ti no te molesta, y en cambio evitas que nadie la pise, la tire, se manche, dar un espectáculo de botellón y porque no, ahorrarle trabajo al camarero. Pero lo peor, o al menos, lo que más me ha hecho pensar, es en los servicios. Dejar las copas dentro, incluso en el suelo, no tirar de la cisterna, manchar todo el piso, en fin, un espectáculo lamentable. Ahí, más allá del dinero o la educación recibida, se nota la categoría de las personas. El servicio femenino, estaba mejor (dentro de lo que cabe) todo hay que decirlo, no siempre pasa, pero es así.

Y bueno, más allá de todo lo ocurrido en la fiesta, lo del trabajo. Va a ser durante una temporada, en una mezcla entre administrativo, y secretario. Tengo mucha ilusión en él, no solo por ser un empleo en sí, sino porque estoy seguro, voy a aprender un montón de cosas, y hasta conocer un poco más de cerca el mundo que me interesa, es decir, la empresa desde un punto de vista organizativo.

En fin, ya hablaremos con más calma. Tengo que escribirte alguna que otra cosa que tengo en mente, pero debo de madrugar para mañana. Por la tarde enviaré la carta, a lo mejor incluso, me da tiempo de hacer otra.

¡Qué guay, ya empezamos a estar ajetreados, me encanta!

viernes, 11 de febrero de 2005

Fiesta de carnaval

Historia interesante, la de la foto, ¿Cuánto tardas en descubrir quien soy? Daría cierta pista, pero seguro que destrozaría todo gracia. En fin, tiene su historia, o debería.


Cachoros de gatos y demás



Por cierto, tengo una buena noticia. Mañana trabajo en una fiesta de disfraces. En principio, es como camarero, o de lo que tercie. Es un fiesta privada, digamos que, de clase media alta. Lo que se traduce que me voy a convertir en un Félix Rodríguez de la Fuente estudiando la flor y la fauna. En serio, tengo un montón de ganas, no tengo ni idea de cuanto voy a cobrar, cosa que me trae sin cuidado, lo haría gratis, que demonios, creo que puedo aprender un montón de cosas. Además, como es privada, la barra es libre, así que puedo ponerme a servir, sin el peso de la responsabilidad de cobrar, dios santo, voy aprender mil un combinados en cuestión de segundos. Voy a ver como se relacionan entre sí las personas, como irán disfrazados, que beberán, como lo pedirán, que harán? puede que suene estrambótico, pero es cierto, voy a estudiar sicológicamente sociológicamente antropológicamente filosóficamente empíricamente y hasta estéticamente todo lo que me rodea. Es la primera vez que podré hacerlo. Es algo totalmente nuevo para mí.

Eso sí, tengo que ir disfrazado, aunque todavía no se que llevar. El traje de gato (sí, el de la foto es de gato, o se intentaba) ya me queda pequeño, así que tendré que ver lo que tengo. Posiblemente llevaré el bombín, al menos lo saco de paseo, tengo alguna idea en mente, tiene que ser cómodo y de término medio (no llamativo). Algo tengo en mente.

En fin, puede que no estos días no escriba, pero ya te contaré como me ha ido. Va a ser una noche, muy, muy larga. (Me gusta tanto el alcohol, que por eso no puedo beber).

Dios, que imaginación que tengo.