viernes, 11 de febrero de 2005

Fiesta de carnaval

Historia interesante, la de la foto, ¿Cuánto tardas en descubrir quien soy? Daría cierta pista, pero seguro que destrozaría todo gracia. En fin, tiene su historia, o debería.


Cachoros de gatos y demás



Por cierto, tengo una buena noticia. Mañana trabajo en una fiesta de disfraces. En principio, es como camarero, o de lo que tercie. Es un fiesta privada, digamos que, de clase media alta. Lo que se traduce que me voy a convertir en un Félix Rodríguez de la Fuente estudiando la flor y la fauna. En serio, tengo un montón de ganas, no tengo ni idea de cuanto voy a cobrar, cosa que me trae sin cuidado, lo haría gratis, que demonios, creo que puedo aprender un montón de cosas. Además, como es privada, la barra es libre, así que puedo ponerme a servir, sin el peso de la responsabilidad de cobrar, dios santo, voy aprender mil un combinados en cuestión de segundos. Voy a ver como se relacionan entre sí las personas, como irán disfrazados, que beberán, como lo pedirán, que harán? puede que suene estrambótico, pero es cierto, voy a estudiar sicológicamente sociológicamente antropológicamente filosóficamente empíricamente y hasta estéticamente todo lo que me rodea. Es la primera vez que podré hacerlo. Es algo totalmente nuevo para mí.

Eso sí, tengo que ir disfrazado, aunque todavía no se que llevar. El traje de gato (sí, el de la foto es de gato, o se intentaba) ya me queda pequeño, así que tendré que ver lo que tengo. Posiblemente llevaré el bombín, al menos lo saco de paseo, tengo alguna idea en mente, tiene que ser cómodo y de término medio (no llamativo). Algo tengo en mente.

En fin, puede que no estos días no escriba, pero ya te contaré como me ha ido. Va a ser una noche, muy, muy larga. (Me gusta tanto el alcohol, que por eso no puedo beber).

Dios, que imaginación que tengo.

jueves, 10 de febrero de 2005

Lados oscuros

Una vez dijiste, que me conocías más de lo creía. Siempre he temido algo así. Tengo miedo a que me confundas con otro, y que algo que haga o diga sea valorado en un contexto que no es el mío. Lo admito, soy diferente, un bicho raro, te dije una vez. Cuando hago las cosas, no esconden mala idea, o prejuicios de ningún modo, soy ingenuo en muchos sentidos, y no deseo ningún mal a nadie.

No me puedes conocer, no debes, pues tengo muchos lados oscuros. Cosas que desconoces por completo, que tienen que permanecer en la sombra, para que nadie las conozca, al menos, nadie que no esté preparado. ¿O no? En el fondo, me gustaría contártelas todas, decirte mis mayores secretos, temores, lo primero que se me pase por la cabeza. Por eso, te mando estas cartas, para escribirte aquello que no me atrevo a decir.

Por eso te cuento todo, poco a poco, mientras me voy desnudando ante ti. Si de veras me quieres conocer, desnúdate también tú, de todo prejuicio, de toda idea preconcebida, de toda sospecha, de toda valentía, de todo temor. Empecemos así, sin nada, sin sombras, sin ningún sitio que quede tapado, a oscuras, enseñándonos todos. Sólo de esa forma, podrás decirme «Te conozco más de lo crees» sólo de esa forma quiero oírlo. Sí después de todo eso, de ver todo como es en realidad, quieres decirlo, didlo.

Ojala pudiera ser así. Ojala pudiéramos mostrarnos de esa forma, conocernos tanto, sin necesidad de caer en equivocaciones, arrepentimientos o vergüenza. Cuanto daría porque desaparezcan esos lados oscuros, que nadie conoce, para compartirlos contigo. Yo estoy dispuesto, quiero quitarme de todo eso, quitarme la piel y que vieras lo que soy de verdad, directamente, a bocajarro.

Pero no puede ser. No. Si así lo hiciera, moriría de frío, o me contagiaría rápidamente de alguna enfermedad mortal, y no podría protegerme. Por eso, vivimos con esas defensas, esas protecciones artificiales, por eso ocultamos a la luz los lados oscuros, porque no deben de ser vistos, porque no pueden ser comprendidos. No puede llegar la luz del sol a ellos. Deben de seguir ahí donde están.



La próxima vez que nos veamos, sin conocernos apenas, nos abrigaremos más, nos pondremos la bufanda por toda la cara, por miedo a ser contagiados por el otro.
A mi me gusta que llueva, me encanta caminar mientras veo a todo mi alrededor corriendo. Me calo hasta los huesos, mis pies se llenan de agua, y es cuando me siento mejor conmigo mismo, cuando toda el agua me invade.

Walking Around, de Neruda


Versos en tinta

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

Maestro insigne
Pablo Neruda

miércoles, 9 de febrero de 2005

Eternos objetos vivos

Soy, ya ves, de esos que a lo largo de su vida recopilan mil y un objetos, sin sentido, que ante los ojos de cualquier «no iniciado» no son más que porquerías, vacías, inertes, sin ningún valor, y que sin mala intención si dependiesen de ellos, lo tirarían directamente a la basura.
Objetos vivos
En cambio para mí, están completamente vivos, son reflejos de hechos de mi vida, cada uno, guarda un secreto, que sólo conocemos él y yo. Y que cada vez que nos vemos, me dicen al oído su historia, y a veces, recordamos juntos a personas, lugares, y situaciones.

Algunas de esas cosas, son por ejemplo:

* Un paquete de pañuelos sin abrir que una chica me regalo cuando estaba yo resfriado
* Un bombín, que fue mi última compra cuando vivía lejos.
* La toalla que uso, deshilada ya, que mi madre se obstina en tirar, y yo me niego.
* Mi maleta negra, con la cremallera rota. He vivido tanto con ella, que no puedo tirarla ni remplazarla. No la uso, pero algún día la arreglaré, y seguiremos recorriendo lugares.
* Una botella con arena, de cuando me atreví a ir a la playa nudista.
* Los papeles de la función en las que participe de pequeño.
* Unas tres botellas de agua vacías, que recuerdan cada momento con Cn.
* Un trozo del mosaico de la pared de mi primer trabajo.
* Un recuerdo de un pueblo, que me regalaron.
* Un osito rosa.
* Una vela que encendí en el cumple de Rn, ella no se esperaba nada de eso.
* Una caja de cartón vacía.
* Una escopeta de plástico.
* Un tenedor.
* Varios posavasos de cartón.
* Un ticket de metro.
* Un juguete para hacer pompas


Y docenas de objetos más, que están al mi alrededor, en aparente caos, pero que son mi contacto, mi único contacto con el mundo exterior. Quizás por eso, son tan importantes para mí, porque poco a poco, van siendo mi única compañía, pues en ellos, están vivos muchas cosas. Y no puedo tirarlos, porque sería la peor de las traiciones.

También hay otros objetos, que no los puedo mirar a los ojos, escondidos, encerrados, que no les dejo salir. No puedo hablar con ellos, me destrozaría a mi mismo si lo hiciese. Se que están ahí, sin ver la luz, y de cuando en cuando, casi sin querer, por azar, asoman la cabeza, y yo rápidamente, por protección, cierro los ojos durante unos instantes, giro la cabeza y los vuelvo abrir. Ellos también forman parte de mí. Y los necesito. Ambos sabemos de la existencia del otro, nos necesitamos para vivir; el día que alguno de los dos falle, dejará mutilado, sino muerto al otro.

Mil y un objetos, que sólo, cuando estamos ellos y yo, en la penumbra, nos ponemos hablar, y a darnos vida, y sentido, los unos a los otros.

lunes, 7 de febrero de 2005

Someterse

Se que mis palabras te terminan aburriéndote, que son muy monótonas, que siempre acabo hablando de los mismo. En muchos libros, revistas, películas, siempre dicen lo mismo, que la imagen pesimista y afligida, nunca gusta, y que termina aborreciendo a las personas. Se que si quisiera mostrarte interesante a alguien, o llegar algún día, gustarle a alguna chica, debería de ser más alegre, más optimista, pues cuando buscamos a alguien, buscamos alegrarnos, no entristecernos con sus penas. También se que estas cartas, al fin al cabo, no interesan a mucha gente, que si lee una, ha leído todas. Que no hay novedades, ni aventuras dignas de mención. Aquí no hablo de lo que me paso con tal amigo, o lo que me dijo tal chica, porque sencillamente, no me pasa nada de eso. Tampoco cuento historias, porque no las hay. Y mis reflexiones, no son nada del otro mundo.

A veces pienso en ir por ahí, y comentarle a la gente la existencia de las cartas, pedir que pongan en sus páginas referencias a la mía. O darle alguna forma de publicidad. Pero me niego. Porque se que con ello, dejaría de ser libre. No puedo hablar de lo que no puedo, aunque eso lo haga más atractivo, porque dejaría de ser yo mismo. Mi objetivo con esto, no es ser famoso, o que la gente me visite, o ser parte de un artículo de gente extraña. Sólo quiero enviarte estas cartas, que leas alguna, y ya esta. No quiero someterme a nadie, si un capricho me puedo tomar, es ese. Ser yo mismo. Hablar de lo que quiero, sin freno, sin tapujos, sin pensar si gustará o no, si no volverás, o si piensas mal de mí. Si algo he aprendido, es que tenemos que ser nosotros mismos, cueste lo que cueste. ¿Es de locos pretenderlos? Acéptame como soy, te lo ruego, porque yo quiero ver como eres tú, sin nada delante, sin obligaciones que te hagan ser diferente, sin miedos a ser como eres de verdad, sin prejuicios del que dirán, pues sólo de esa forma, me interesas, tú, en tu estado más puro, sin mezclas, sin agresiones exteriores.


Captura de la película El apartamento, de Billy Wilder


Te quiero, te aprecio, por ser tú. No te tapes, no te camufles, no disimules. No te empobrezcas de esa forma. Hay tanta hipocresía que nos ataca, tanta falsedad. No te sometas ante nadie, vuela, se libre, se tú.

domingo, 6 de febrero de 2005

Películas, películas, películas

A veces, me sorprende mi capacidad para ver películas y películas, pero antes que nada, para ser sincero, he de admitir, un grave defecto que tengo. Me olvido rápidamente de cómo acaba. Bueno, se puede ver como un defecto, o como una virtud. Yo prefiero esta última opción. Me permite disfrutar decenas de veces una misma película, y volver a verla al cabo del tiempo.

Eso es lo que he hecho en las últimas horas. Anoche, de madrugada, me puse a ver una que tenía pendiente desde hace tiempo, Cabaret, para luego, esta tarde, recopilar mi colección de "comedia romántica inglesa" y darle un buen repaso. Ahora en un descanso de avituallamiento, cogeré más pelis para devorar. Acabo de ver, Amor con preaviso, Un niño grande, y todavía me queda el dvd de Casablanca, pero eso lo reservo para más tarde. Si de algo debo de agradecer a internete, es la posibilidad de poder ver todas esas películas que de otra forma, me hubiera sido imposible ver. Lo único que siento, es no tener ahora la posibilidad de bajarlas, por ahí guardo pequeñas notas con títulos para bajarme, aunque tendrán que esperar una larga temporada.

También tengo otras reservadas, grandes películas, pero que me niego a verlas sólo. Merecen compañía, y en el fondo, me dan miedo verlas. Merecen compañía, porque merecen compartirlas, mirar a la cara del otro, apretarle la mano, descansar la cabeza sobre ella. Olerla. U otras de risas, que sin nadie, no hacen gracia, pero acompañados, son geniales, mágicas, y pasas el mejor momento de tu vida, riéndote a mandíbula batiente.

Ahora no que cual escoger. No puede ser muy romántica, tampoco de acción. Para nada de miedo, no podemos contar con dramas políticos. No se, cogeré alguna española, que con cada una, es una nueva sorpresa agradable que descubrir. No se, ya cogeré cualquiera, cualquiera valdrá para pasar el tiempo mas aprisa, aunque no vayamos a ningún sitio.

viernes, 4 de febrero de 2005

La muerta casa

Hoy por primera vez en mi vida, estoy solo en casa. No hay enigmas en la frase, ni ironía, ni chiste barato. Es la verdad. Mi abuela siempre estaba aquí, y yo era quien me quedaba con ella. No le hacía compañía, no era eso. Simplemente, yo me quedaba, y ella nunca salía. Ahora comprendo diferente, las veces que ella estuvo sola, en casa, y que nadie estaba con ella. Fíjate que tontería, el pensarlo ahora, me hace llorar, estúpidamente, y nunca antes, me había fijado en ello.

No se, la casa sin ella, es un cementerio. No se oye nada, parece como si de un pueblo fantasma se tratase, donde han muerto todos los habitantes de la noche a la mañana, y los hijos de la ciudad, al volver, se encuentran toda la desolación ante ellos.

Nosotros, los nietos, poco a poco nos hemos ido de la casa, independizándonos, o mejor dicho, buscándonos la vida. Yo así lo hice, y estuve viviendo solo, allá lejos, cuando trabajaba fuera de casa, a miles de kilómetros, y también viví en una casa cementerio. Pero volví, y ahora, cuando mis padres se van, mis hermanos salen por ahí, y mi abuela ya no esta, ahora, me siento en el mismo cementerio, totalmente sólo. Nunca antes me había sentido así. No tengo ni un amigo con quien hablar, o escribirle, ninguna película ponen hoy viernes noche en la tele (¿qué imbécil se queda en casa?) ni nada que hacer. Mi abuela no está, al fin al cabo, nos hacíamos compañía de alguna forma. Ahora vivo en un cementerio.